“Pablo López, el triunfo de lo real en el Real”

Había pisado ya en muchas ocasiones esas tablas acompañando a muchos amigos, pero la noche del 28 de julio era diferente para Pablo López; esta vez, el protagonista era él que debutaba en el Teatro Real, dentro del Universal Music Festival, con el Tour Santa Libertad, para presentar en directo “Camino, fuego y libertad“, su nuevo y esperado álbum. Salió con paso tímido pero seguro, con la responsabilidad de tocar en un lugar tan emblemático pero con la seguridad del que ama lo que hace y vive para ello.

El camino abrió la senda y mostró como sería un viaje musical que, desde la primera nota hasta las dos horas y media que duró el concierto, transportó a los presentes a otro mundo: el suyo; porque el malagueño tiene el don de meterse a través de las notas de su piano en el alma de la gente, deshacer los nudos internos y sacarlos fuera convertidos en emociones sinceras. Apasionado frente a su piano, continuaba el show con El niño.

Madrid estaba ansiosa por esta cita y el artista no llegaba con menos ganas que su público: “Va a ser un concierto de seis u ocho horas”, bromeaba. Emocionado al ver en la platea a mucha gente a la que quiere, prometía entre risas: “Si lloro más del 50% en una canción, la repito”. Con la naturalidad que le caracteriza instó a su madre, sentada en primera fila, a darle un beso, solventó un problema técnico charlando con el público, al que integra como una parte más del espectáculo, y aprovechó para dar las gracias.

Para no perder el rumbo ni la identidad un artista nunca debe olvidar sus inicios, y el malagueño recordaba sobre el escenario el día que tocó en la capital en una pequeña sala ante 50 personas, entre ellas su madre y personas de Universal, su discográfica, y, como hoy, 6 años después, lo hacía en el Teatro Real con ellos también presentes: “Espero que me permitan la licencia de emocionarme cada segundo que pase de esto”. 

Con sus dedos fundidos entre las blancas y las negras sonaba sobre la tarima Vi, “¡Levanta el culo, Madrid!”, gritaba el artista. Era la tercera canción pero a esas alturas todo el teatro estaba ya en pie cantando como si no hubiera un mañana. Proseguía con Ven, donde lanzaba una de las consignas más repetidas de la noche: ¡He venido libre! ¡Se siempre libre, Madrid, como tú eres! Porque la libertad, en toda la extensión de la palabra, es, sin duda, el late motiv de esta gira.

No se hizo esperar mucho y llegó uno de los momentos más íntimos de la noche con El patio; Madrid entera salió a jugar en ese patio suyo que ya es infinito y eterno; una de las canciones más profundas y personales de su repertorio, donde Pablo se rompe sobre el piano, muere y resucita en cada nota y donde era casi imposible contener la emoción ante tanta verdad.

Aun visiblemente afectado por el desgaste emocional que le supone este tema, el pianoman se levantó para aplaudir al público. Ese fue uno de los gestos más repetidos del artista: aplaudir al respetable sin parar, dándole las gracias una y otra vez, emocionado y sin creer que todo lo que estaba ocurriendo era por él y para él. Una muestra más de su inmensa humildad.

Pablo López es un artista visceral, honesto, de los que se sube cada día a un escenario con la ilusión intacta, como si fuera la primera vez, y con la emoción a flor de piel, como si fuera la última vez que lo va a hacer. Mientras abogaba por no perder la esencia de las primeras veces en todo lo que se hace en la vida, llegaba la primera colaboración de la noche de la mano de Georgina. Juntos entonaron Te espero aquí, una maravillosa mezcla de dulzura y pasión. La venezolana, que cumplía años, agradeció el regalo y él se arrancó con un cumpleaños feliz que fue coreado por todo el teatro.

Después, sonaron Hijos del verbo amar, El mundo y La dobleuve y, ante un público rendido ante su talento, desveló una conversación reciente con un amigo que le dijo: “Lo único que necesita uno es amor” Y confesó:Yo estoy forrado de amor, soy multimillonario. Así que, gracias por esta noche”.

La noche siguió con Suplicando y El futuro; y ahí fue el propio artista el que se llevó la sorpresa al ver aparecer a la guitarra, tocando junto a él, a uno de sus ídolos, Ludovico Vagnone, que quiso sumarse a la fiesta en la que se había convertido el recital. Con La libertad el malagueño se marchaba del escenario para volver minutos después aclamado por sus incondicionales. Retomó el show con El invierno nos guarda y bromeó con la posibilidad de que los informativos abrieran al día siguiente con el titular de: “Pablo López palma en el Real de una sobredosis de emoción”.

Otro de los momentazos de la noche llegaba del otro lado del charco; “Su país es el mío porque está ella” así presentaba a Paty Cantú, con la que interpretó Déjame ir. La mexicana le agradeció la invitación con unas bonitas palabras: “Cuando lo conocí sabía que estaba conociendo a una persona muy talentosa, pero nunca me imaginé que estaba conociendo a un alma gemela de arte, de locura y de mucho amor. Te quiero para el resto de mi vida”.

El concierto encaraba su recta final y Pablo, porque en este caso era la persona no el artista, daba las gracias a su madre y a su hermano por estar siempre. También pedía un aplauso para su manager: Armand Martín; su principal valedor; el que siempre ha creído en él; el que le ha apoyado en todo momento y ha estado a su lado, en las buenas y en las malas. Tras el emotivo momento, los sentimientos siguieron volando libres por el cielo del teatro con Lo saben mis zapatos y la sentida capela que regaló, donde volvió a traspasar, ya eran incontables la veces, las visceras, entrañas y corazones de los asistentes.

Y cuando parecía que nada podía superar lo que se había vivido, llegó el delirio: sonaba Mi gato y desde un lateral del escenario se escuchó una voz inconfundible que se unió a escena: Pablo Alborán. El teatro se vino abajo, los gritos, la emoción y la locura colectiva se hacían dueños del momento. No hizo falta ni presentación ni despedida, las miradas, el amor y la complicidad entre ambos hablaba por sí misma porque no hay mayor verdad que lo real. Ante una amistad sincera hablan los sentimientos y ellos los dejaron aflorar como nadie, consiguiendo que, una noche de julio, se parara el tiempo para disfrutar como un espectador más del arte y la emoción derrochada.

El broche de oro a una noche perfecta corrió a cargo de Mi enemigo, que remató de amor a un público que se contagió cada segundo de la ilusión de un colgado del piano, que absorbió la emoción de cada acorde, que se descalzó, jugó y fue libre, que salió feliz por lo vivido y con ganas de más, mucho más. Y es que hay muchos tipos de artistas, pero hay pocos que hablan, sueñan, piensan, respiran, transpiran y exhalan versos y notas, porque sus dedos, su piano y la música no se entienden por separado y es que, Pablo López no es músico, Pablo López es música.

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