Nil Moliner: El despertar de un artista

Son las 21:03 y Nil Moliner enciende su voz en el escenario de la Joy Eslava madrileña, y sale entonces el sol, a pesar de la oscuridad de la noche en la capital. El joven catalán de San Feliú de Llobregat hace gala de su buen rollismo musical y nos regala una apertura de concierto contundente y sintomática de lo que está a punto de suceder. El tema escogido no puede ser otro que aquel de 2013, porque da igual el tiempo, que siento que cada día voy creciendo. El espíritu del chico de 26 años ha conseguido que viajemos 6 años atrás para recuperar canciones hasta ahora mudas y que no se nos escapen.

Pero eso es algo de lo que se encarga Nil, con tanta fuerza musical como corporal. Los dos anfiteatros sufren las travesuras del cantante, que no para de repetir eso de Madrid, Madrid, Madrid. Que se oiga a los de arriba, a los del medio, a los que sean o no de Madrid, a ellas, a ellos y a las estrellas que caigan detrás las montañas. Un espectáculo cien por cien moliner, al que no le faltan trompetas, timbales, guitarras ni invitados. Pero antes de contarles más canciones, déjenme decirles que ese chico de gorra que no deja escapar la energía de su familia madrileña, baja el tono y arregla esos silencios rotos.

Nil Moliner en Joy Eslava (Madrid)

El escenario se tiñe de azul, que no es casualidad, y son los trompetistas los que guían las manos del público presente, adictos a su manera de cantar. Y de sorprender, porque si algo no falta en la mítica sala madrileña son canciones inéditas del catalán. Como aquella dedicada a los que pierden su vida en el mar intentando escapar de una pesadilla, pensando que tal vez los sueños se puedan hacer realidad.

Hablando de sueños, cuidado que no lleguen al suelo, aunque este soldadito de hierro tiene las recetas para hacernos feliz, con su mágica forma de andar, o de volar, regalando plumas después de que se estrelle junto a un Roi familiar. Y espera que, a falta de artistas invitados, sorprende y sube al escenario a esa chica del público con coletero blanco.

Le siguen las luces al piano, Natalia Lacunza, Roi y Raúl Gómez y le sigue ese espíritu triunfal que le hizo salir en las pantallas antes del pasado verano. Pasa una hora y veinte y parece que todo ha acabado, somos los hijos de la tierra los que le hacemos volver salir al escenario. Y si algo le da alas a este artista es el equipo que le acompaña, y que no se cansa de repetir, porque, entre otros muchos, Nil son trompetas, bailes y baterías, y la generosidad siempre de su lado. En frente, la sala es una simbiosis perfecta entre él y sus seguidores, todos llevamos gorra y somos ese miedo a caminar el tiempo, a despertar, que Nil Moliner en un segundo se va. Pero antes, en el foco de un teatro sin guion, el joven avisa, con guitarra en mano: siempre, os estaré esperando.

 

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